jueves, 5 de febrero de 2015

NI LUGAR ADONDE IR – Antonio M. Figueras


NI LUGAR ADONDE IR
Antonio M. Figueras
Madrid, 2015
Colección Poesía, nº 6
86 páginas, 21 x 14 cm.
Rústica con solapas
ISBN: 978-84-938931-5-6
Precio: 10 euros (IVA incluido)


*  *  *



EL LIBRO: 
(extracto de poemas)

THE DARK SIDE OF THE MOON

Yo también me olvidé

de cumplir las promesas.

Ahora me arrepiento.

Quise llevarte a la Luna

y luego a Marte.

Para zanjar este asunto

admitiré que me salió otra misión.
Realmente, querida,

no te has perdido nada.

Todo eran inconvenientes.

Te has librado

de un lánguido trayecto.

No soy estrictamente
un explorador.

Y tú lo sabes.

Pero todavía tengo
un secreto para ti.
Nunca descubrí
lo que alberga la cara
oculta de la Luna,
porque cuando llegas allí
inevitablemente
siempre queda otra parte
escondida.

* * *

ACTO DE FE

No vine hasta aquí
buscando compañía.
Rechazo a los pioneros.
Marco Polo,
Maqroll, Ulises,

Colón

son para mí navegantes
sin sentido.

No hay aventura
en mi propósito.
Soledad tampoco
sería el objetivo
exacto.
Sólo un camino
sin señales

que me lleva

a parte ninguna.

* * *

APOCALYPSE NOW

Sobre los campos de té
se levanta la esperanza,
azul,

como el resto de los días.

En la estación de las lluvias,

nuestro amor nos hará dignos
a la tierra
y a los antiguos soldados.

Al cruzar el río

se amontonó el agua

y tuve que llorar

porque descubrí

que nunca sería inmortal.

Mi amada es adorable,

incluso cuando no practicamos sexo.
¿Por qué lloras?

Y me consuela de mi destino mineral.
¿Morirse?

Mucha gente lo hizo antes.

Cómo te quiero,

mi pequeña flor de loto.

Me sabe mal seguirte engañando

con eso de que soy periodista.

Lástima que me tenga que ganar la vida
matando vietcongs.

* * *

POR EL PUENTE DE BROOKLYN

En el puente de Brooklyn,
hace sólo un instante,

un hombre comía sandía.
Ahora un infarto
le ha partido

el corazón, y por consiguiente
el alma.

Por el puente de Brooklyn,
un adolescente,

al que Federico García Lorca
inició como chapero,
se ha tirado al vacío
para salvar la vida.

Cerca del puente de Brooklyn
se balancea mi soledad.

Una mujer me mira

mientras un viejo marinero
que se llamó Jack
se interpone en mi camino.

Quizá entonces perdí mis días,
aunque el dolor a veces

carece de disciplina.

EL AUTOR:

ANTONIO M. FIGUERAS (Madrid, 1965) es licenciado en Filología Hispánica y Periodismo. Ha publicado Poemas Complutenses (Colección Abraxas, 1989) y Nadie pierde siempre (Amargord, 2006). Participó, junto a Miguel Ángel Muñoz Sanjuán y José Casas, en la edición de la antología poética bilingüe de Cummings, Buffalo Bill ha muerto (Hiperión, 1996). Sus poemas figuran en las antologías Poesía ultimísima. 35 voces para abrir el milenio (Ediciones Libertarias/Prodhufi, 1997) y Milenio. Ultimísima poesía española (Celeste. Sial Ediciones/Contra- punto, 1999) y en las revistas Malvís y www.calidoscopio.net


Antonio M. Figueras

ANTONIO M. FIGUERAS (Madrid, 1965) es licenciado en Filología Hispánica y Periodismo. Ha publicado Poemas Complutenses (Colección Abraxas, 1989) y Nadie pierde siempre (Amargord, 2006). Participó, junto a Miguel Ángel Muñoz Sanjuán y José Casas, en la edición de la antología poética bilingüe de Cummings, Buffalo Bill ha muerto (Hiperión, 1996). Sus poemas figuran en las antologías Poesía ultimísima. 35 voces para abrir el milenio (Ediciones Libertarias/Prodhufi, 1997) y Milenio. Ultimísima poesía española (Celeste. Sial Ediciones/Contra- punto, 1999) y en las revistas Malvís y www.calidoscopio.net.

Poema inédito de José Kozer para Amaranta Freya

Amaranta
Freya
existe:
en las inmediaciones de La Habana, hacia
            Bejucal: come una vez al
            día ensalada de pétalos
            (flores azules de jardín)
            (ejemplo: la espuela de
            caballero) le sigue un
            trozo (cacho, dice
            Amaranta Freya) de
            calabaza, hay que
            verla hacerlo puré,
            tridente en mano:
            el tridente, y no miento,
            que acompañó más de
            un siglo (época de
            Pericles) a Poseidón.
            Duerme
siesta
cuarenta
y
cinco minutos sumida entre mogotes, cujes
            donde en vez de hojas
            de tabaco ponen a secar
            ramilletes de azahar para
            las novias de costumbres
            morigeradas, parecen
            surgir de poemas de
            Tablada, Baquero, del
            Curazao de Pellicer.
            Amaranta
Freya
no
solo
existe sino que es acto inmanente, argumento
            ontológico que demuestra,
            a todas luces, cómo del
            soplo vital del Altísimo
            encarnó una diosa de
            doce brazos, el unicornio,
            el ave Roc, y un pájaro
            iraní que a diario baja de
            un sitio de témpanos de
            hielo, llega a La Habana,
            se disfraza de totí, se
            contonea, planea en
            aires demasiado livianos
            para su costumbre: y se
            va a pernoctar en unas
            alamedas venidas a
            menos en el Paseo del
            Prado.
Añádase que Amaranta sueña durante la
            siesta con versos de
            Apollinaire. Este: "El
            ahorcado la bella
            máscara y el hombre
            sediento". Imposible
            saber si este verso
            es un aporte al acervo
            de la poesía procedente
            de Apollinaire o de
            Amaranta Freya.
Siglo
XXI,
siglo
de calamidades: todo no obstante va a estar
            bien siempre y cuando
            Amaranta regrese una
            vez al año, hacia el
            solsticio de invierno,
            a las inmediaciones
            de La Habana, hacia
            Guanajay: y donde el
            día declina, tridente
            de acero inoxidable
            en mano, desentierre,
            disfrazada de Ceres,
            las calabazas ora
            azules ora rojas (una
            que otra blanca)
del
almuerzo.
JOSÉ KOZER

miércoles, 4 de febrero de 2015

Presentación NI LUGAR ADONDE IR de Antonio M. Figueras

Queridxs amigxs:

Os invitamos a la presentación del último libro publicado en la colección EL SASTRE DE APOLLINAIRE.

Se trata del poemario NI LUGAR ADONDE IR de Antonio M. Figueras.

El acto contará con la presencia de
Agustín Sánchez AntequeraPaco Moral y el propio Antonio M. Figueras

Será el jueves 12 de febrero de 2015 a las 19:00 horas en el Café Libertad-8 de Madrid.

Entrada libre hasta completar aforo.

Os esperamos.




miércoles, 27 de agosto de 2014

J. K., lejos de la comparsa, por Gerardo Fernández Fe

Víctima de su vehemencia, en 1893 José Martí comete el desatino de justificar la mediocridad de ciertos poetas a partir de su entereza y su disposición para la guerra. "Su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían. Rimaban mal, a veces, pero solo pedantes y bribones se lo echarán en cara porque morían bien", escribe en su prólogo a Los poetas de la guerra.
De manera que "morir bien" ya enaltecía sus peregrinos papeles, pues la poesía se encontraba definitivamente en el comportamiento agonístico y en el ethos inclaudicable del guerrero/poeta, y pasaba incluso hacia aquellos que jamás habían tomado la pluma para escribir un verso. Martí veía un "sublime dístico" en dos hombres comunes que caían al unísono, superados por el enemigo. De luchadores a mártires, y de ahí a verso encarnado.
Este modo de entender la poesía, hiperbolizando no el resultado sino la intención, desemboca en el aligeramiento del acto poético, en su trasvase hacia el enaltecimiento de la virtud guerrera. "La poesía escrita —sentencia Martí— es de grado inferior a la virtud que la promueve".
Cien años antes de este gesto romántico, la Revolución Francesa ya había apologizado la poesía de los sans-culottes, y como acto supremo había instaurado un nuevo calendario plagado de hermosuras poéticas. Fue Fabre d'Églantine, un poeta más que mediano, de esos que se apegan al Poder, quien apareó vida práctica y belleza: vendimiario, nivoso, floreal, termidor…
Imagino que en otras tradiciones letradas haya ocurrido lo mismo, pero nuestro caso es singular. La imagen homérica de los guerreros que vienen de la guerra entonando poemas hechos música cogió cuerpo a partir de enero de 1959, y desde entonces ha contribuido sobremanera al kitsch nacional: en La Habana, en Miami, ¡donde quiera! En el sonsonete de una pionerita inflamada, en los versos de un espía que cumple su condena o en el obituario de un periódico del exilio.
Desde entonces, como se escucha por doquier, la poesía está en la calle: en la belleza de una barricada en París, en el "sublime dístico" de Martí, y hasta en la recolección de cien quintales de tomate en una mañana de verano. ¡La poesía partout! ¡Everywhere!
Pobre de ella, la poesía; todos piensan que la tienen a mano. Siempre me he preguntado por qué a nadie se le ocurre, sin haber pasado años a la sombra de uno o de varios maestros, agarrar un trozo de piedra de tres metros de alto para convertirlo en escultura decente; como mismo a ningún ser de a pie le pasa por la cabeza escriturar de la noche a la mañana los miles de acordes de una obra sinfónica. No pueden, simplemente no pueden.
Sin embargo, basta una puesta de sol o el pulso cardíaco un tanto por encima de lo normal, para que optemos por la hoja, el lápiz y el hermoso verso. Bienvenido, Facebook, que todo lo contienes y que has realimentado este acto retorcido. ¿Acaso no somos todos poetas? ¡Mostrémonos, pues!
Con estos fantasmas he salido de la primera lectura de poesía de José Kozer a la que yo haya asistido, y ellos mismos han seguido hablándome al oído mientras recorro las más de 350 páginas de Acta est fabula, una cuidada antología que en 2013, desde México, publicara Fondo de Cultura Económica.
Sobre los poetas de la guerra, Martí había elogiado que "el acento, cauto o arrebatado, [estuviera] en los cascos de la caballería". Pero José Kozer felizmente nunca fue a la guerra; su caballería, si acaso, es mental, del imaginario. Aunque su acento, arrebatado o cauto, según el momento, sí sabe distinguirse como pocos del resto de la tropa.
Eso de acento nos lleva incorregiblemente al tema del sonido. Se ha hablado, las más de las veces, de las huellas hebreas en la poesía de José Kozer, del hálito budista zen en otras zonas de su imaginario; se ha escrito sobre lo sucio, sobre su filiación neobarroca, sobre su afán de taquígrafo, su efusivo furor de escritura... Quiero detenerme, sin embargo, en el poeta corifeo.
No todos los buenos poetas son vectores de sonidos. Habría que consultar con los archivos sonoros sobre la voz y el tempo de Ezra Pound o de Wallace Stevens. Yo, que escuché a Edoardo Sanguineti en Medellín, en junio de 1998, sé de lo melodioso de aquella lengua que me es ajena, en boca de un poeta de versos desmantelados e irreverentes como el italiano, para asombro de las encopetadas damas que fueron a escucharlo.
Durante años, José Kozer también ha tenido que medrar a la par de esos lectores que, encopetados o no, no han podido entender su idea de la poesía, no la han disfrutado, han huido espantados ante el regreso eficaz y sin azucaramientos del cardenillo, la malaquita y el agua de manzanilla con la que la madre se refrescaba la vista.
En algún momento he escuchado apelar a la supuesta incomprensibilidad de su poesía. ¿Rareza de qué?, agrego. ¿O para quién? ¡Pero si en el fondo la obra en pleno de José Kozer no es más que un acto de historia personal! ¿Acaso exista algún texto que no abunde en la mesa frugal, en Guadalupe, en el padre judío, en el espejo del botiquín —"otra palabra en desuso"— del cuarto de baño en Forest Hills o en "el ojo mental del laurel de Indias"?
Ah, eso sí, sin lloriqueos, sin golpes en el pecho. "Fui liberado del cáncer del lirismo, y tú operaste, muy a tiempo", agradece Flaubert en carta a Maxime Du-Camp, quien le había aconsejado abandonar la primera versión de su Tentación de San Antonio para buscar un tema más apegado a nuestra naturaleza pedestre. De ahí Madame Bovary.
La poesía, entre otras cosas, debe ser también sorpresa.
Salgo de aquella lectura pública y vuelvo a pensar en la triste ansiedad de tantos hacedores de versos, tan carentes de un espejo donde mirar, desde otro ángulo, lo que como poesía producen. Y mientras me largo, empiezo a pergeñar esta especie de filípica. Pienso además en un Kozer rítmico.
Tras la arquitectura más que vertical, delgada, de muchos de estos poemas, resulta llamativo detectar un inusitado ritmo. En medio de aquel recital, en más de una ocasión me descubrí a mí mismo tamborileando con dos dedos encima del propio pulgar, como un trompetista que estudia en silencio, en medio de un autobús, los espacios de tinta de una partitura.
Es este uno de esos poetas que hay que escuchar: las inflexiones de su voz, sus pausas maliciosas, el dedo índice, afilado, de la mano derecha, trazando filigranas en el aire. Que escuche y disfrute quien tenga oídos —a fin de cuentas, basta de pensar la poesía como un bien para todos—, pues estamos ante un medular poeta de lo sonoro.
Quiero pensar en este José Kozer sónico junto a José Lezama Lima, Gastón Baquero y Nicolás Guillén, otros tres poetas muy disímiles entre sí, distantes, por qué no, pero apegados al tañido de una vihuela, a la voz de fondo, al sonido de la rueca.
Y tras sus pasos, por encima de tanto tartufo sin vértigo que por ahí gusta de exhibirse, una avanzadilla de poetas sustanciosos que no deberían nunca  escapársenos: Néstor Díaz de Villegas y Rolando Sánchez Mejías, Carlos Augusto Alfonso y Juan Carlos Flores, Rolando Jorge, Joaquín Badajoz y Waldo Pérez Cino, Pablo de Cuba y Javier Marimón, Oscar Cruz y José Ramón Sánchez. A algunos de estos no hace falta siquiera escucharlos para constatar que se trata de escritores que cascan el lenguaje poético que la Doxa instituyera hace siglos, y que con cada crujido generan un sonido irregular, alarmante, llamativo, obsceno. Son poetas que suenan; y suenan bien, lejos de la comparsa.
Pero para esto hace falta oído, buena lectura, trabajo, distanciamiento, y una especie de viaje en el que, ¡nada más cierto!, no todos podemos enrolarnos; "un largo y limpio viaje para no pudrirme —como hace años sentenció en sereno poema Emilio García Montiel— como veía pudrirse los versos ajenos en la noria falaz de las palabras".

GERARDO FERNÁNDEZ FE

Publicación original en Diario de Cuba, 3-8-14: 

martes, 26 de agosto de 2014

Reseña de Jorge Tamargo sobre NAÏF, de José Kozer

Naïf, de José Kozer

Hace unos días, después de haber escrito “Bajas pasiones en la cabaña poética del castellano”, di en la red con dos entrevistas extraordinarias y muy oportunas, parecían un puntual regalo: la una (escrita) al poeta español Juan Carlos Mestre, por Lázaro Tello Pedró; la otra (en vídeo) al poeta cubano José Kozer, por Cristina Ruiz-Poveda. Aunque se trata de poetas que tengo leídos, las entrevistas me llevaron de nuevo a sus obras. Al final les indicaré ambos enlaces, pero ahora quiero hablarles de la poética de Kozer, quiero invitarles concretamente a que lean uno de sus libros: Naïf, el número 5 de la Colección de Poesía de la editorial madrileña El sastre de Apollinaire. Lo busqué en Valladolid y no lo encontré. Sí en Madrid, en la librería del Círculo de Bellas Artes. Lo leí rápidamente, claro, y, como soy incorregible, quiero llevarlos a él.

Naïf... Quienes me conocen saben la importancia que doy a los títulos de las obras literarias. Sobre todo en poesía, estoy frontalmente en contra del nominalismo en ellos, por sonoro, amable o conveniente que resulte; conveniente, digo, desde el punto de vista comercial. Entonces ¿por qué me parece tan apropiado este título como pórtico a la poesía menos naíf que podamos imaginar? Kozer, ya con el título comienza a engatusarnos. Aquí nada es meridiano. Aquí la exactitud es siempre lateral, oblicua. Primero, utiliza la voz francesa, coloca una diéresis y pone cara a la “i” con esos ojitos que parecen mirar, incluso reír socarronamente, como preguntando: ¿parezco lo que no soy? Después, titula Naïf a 31 de los 33 poemas que integran el libro. No se trata de actos de un mismo y largo poema (¿o sï?, veremos) sino que cada uno de ellos lleva el mismo nombre como si se pretendiera redundar en él para redorar el amaño. Los buenos lectores lo pillarán sin demora: el título es una verónica escueta, pero barroca, para los toros bravos, los nobles, los que juegan y quieren ser perfectamente camelados. A los mansos, que buscan la lógica rendija para el abandono, y más que jugar quieren saber (sí, yo, pero sólo aquí como comentarista, quede claro) el poeta les va dejando pistas suficientes. Dice, por ejemplo, al inicio del tercer poema: “Concédeme/ Pan/ un/ verso”, pero matiza más adelante: “Pan, sé Orfeo”. Y es que la poesía de Kozer es cualquier cosa menos salvaje o ingenua. No puede serlo, cuando el poeta maneja y gobierna con tal precisión, en una mano el buril y en otra el estilete. Entonces ¿el título? Una delicia, perfecto umbral para el período lúdico a que somos invitados; primera noticia de que entramos en la casa del mago. Porque Kozer no es ingenuo, pero sí mago, un rato largo. Es como si en la entrada de un parque de atracciones se rotulara “Clínica Dental” con letras negras y rojas; pero en sentido contrario, porque detrás de este gracioso título nos espera la alta poesía. Como entremos al libro esperando solazarnos amodorrados en la palabrería cariciosa, lo llevamos claro... ¿Naïf? Sea, maestro. Entramos al ruedo para ser estocados.

Naïf... Como seguramente saben, en algunas tribus alejadas todavía de la civilización occidental, el impulso nominal es tan grave, que el verdadero nombre de los individuos se escamotea a los extraños, jamás se pronuncia en público, porque se piensa que quien lo conozca estará automáticamente en posesión del alma nombrada, pudiendo desajustarla a su antojo. El nombre conocido es siempre falso. El verdadero es impronunciable, permanece al margen de todo comercio social. No conozco el nombre secreto de este libro. Bien pudiera ser, por ejemplo, “Guadalupe enamora a Proteo”, o “Ando caliente”, pero en cualquier caso, sea cual sea, tendría que serlo de toda la poesía de Kozer. En el prólogo de la antología “Y del esparto la invariabilidad”, que le publicó Visor en 2005, Reynaldo Jiménez dice: “... (Kozer) está escribiendo, desde hace décadas, un solo poema que es único verso que, a manera de kakemono omnívoro, al rigor de sus goces verbales, se inscribe en la celebración de la multiplicidad.” Estoy muy de acuerdo, pero digo más. La mayoría de los poetas en todas las lenguas llevan milenios tratando de escribir (decir, cantar) versos para la misma y única pieza. Entre Safo y Kozer median algunas estrofas de ese Gran Poema. Sucede que muy pocos lo logran, porque para ello hay que tener perfectamente sincronizados los relojes solar y de arena, hay que saber leer el tiempo, manipularlo según convenga: dilatarlo, detenerlo, estresarlo... controlarlo en fin, si esto es posible, para hacer una muesca en el cuadrante exacto. Y como si ello fuera poco, para tener éxito, el relojero pensante debe intimar de continuo con la Gracia. Kozer ya hizo su muesca, tan sucia y compleja como su cuadrante. Su único poema no es más que un necesario, imprescindible sobresalto en el Grande-nuestro-de todos los tiempos. En ese sobresalto impera el colmo barroco de su lengua, con sus atalayas grecolatina y semita, pero también condimentan los polvos hiperbóreos, germánicos, las chinerías, las muletillas isleñas. (El tema Cuba dejémoslo. Es importante, pero no cabe aquí. “Circe, te llamas Cuba”, dice el poeta. Que nos baste eso por ahora) El libro que les recomiendo es un magnífico ejemplo de este magistral ajiaco. Pienso para el potro más vivo de Crono: “(jamás, azul)” jamás Darío, jamás pop, jamás naíf...

Naïf... Terminé el libro y fui corriendo a Dante. Suelo drenar en él las conmociones fuertes. Hay muescas muy hondas en el Gran Poema que nos sirven de lenitivo. Pero mientras danteaba una vez más buscando relajarme, remolonear aplomado “donde el tiempo con tiempo se repara”, Kozer, como si fuera un jodedor empíreo, me trepaba por la espalda percutiendo en mi nuca, acomodando su espejito sobre “la (mi) sien izquierda”. Entonces supe que debía contarlo, que debía invitarlos a este libro. Léanlo. No será fácil. Voy a ser claro: hablamos de una poesía aristocrática, no primorosa, ojo, no relamida, por Dios, sencillamente aristocrática; esto es: una poesía donde la heredad lo es todo, recibida, incubada y proyectada; justo porque resulta magistralmente puesta a punto en un tiempo concreto (el suyo) para que siga siéndolo siempre. No encontrarás más vanguardia que ésta en castellano, y al mismo tiempo, no te apartarás un ápice de su mejor esencia. Poesía de tu tiempo, lector. Perfecta muesca para premiar tu esfuerzo. Si lo haces, si te esfuerzas con nobleza y codicia, saldrás del libro con una sonrisa. Agradecerás haberte prestado al magnífico juego, y tu gesto (quién sabe si naíf, él sí) me habrá descargado. Algunos pensarán: Con tantos hilos “Nosé Coser”. Pues apúntense al cursillo de alta costura que imparte en castellano el avispado y valiente Sastre de Apollinaire.

Naïf... “Sed capitanes en latín ahora/ los que en romance ha tanto que sois duces”.


JORGE TAMARGO

Enlace de la publicación original: 

viernes, 22 de agosto de 2014

Crítica de José Kozer al poemario MANICOMIO de Maurizio Medo

SOBRE "MANICOMIO". NO SÉ CÓMO ATISBAR EL PARADISO. JOSÉ KOZER


Maurizio. Maurizio Medo. Manicomio: pocas cosas en este libro de poemas son tenues. Cada texto una serie sucesiva de explosiones (implosiones) tales que el cuerpo tartamudea, la lengua se trastabilla, hace del gaje y oficio del tartamudear recurrencia que es fulcro, fulcro que permite un respiro (a la locura) para poder seguir adelante. En algo se tiene que apoyar el demente, al menos si quiere transcribir, con el roto lenguaje de la extrañeza, su experiencia.

          Entiéndase que lo que explota deja ruinas. El explosivo tiene la función de arrasar (con el enemigo). ¿Enemigo? En efecto, enemigo: el esquizoide y el paranoico tienen entrada plena en el manicomio. Ahí, el paciente (que por explosivo muestra no ser nada paciente) se encuentra con el enemigo adentro (esquizofrenia) o afuera (paranoia). Ante esa circunstancia, lo primero es hacer polvo al enemigo, aniquilarlo. Hacerlo es intentar la cordura, recuperar el fiel y la estabilidad de la normalidad. Salir del caos, entrar, tras la experiencia de la luz primordial, de nuevo en la habitación cotidiana, prender la luz, luz eléctrica, vaga estela de aquella luz primordial vista, experimentada, por el orate, que ahora queda atrás (mejor así) y que le permite volver a la vida, a la sociedad (risas) de naciones, a la integración (sí, cómo no, naranjas de la China y un jamón).

          Medo, inter alia, ríe: mas a diferencia de muchos otros desgarrados, Medo suelta su estruendosa carcajada, ejecuta a ojos vistas su danza macabra, para reír no de alguien sino de algo: ese algo es la inasibilidad del paraíso (Paradiso). Ríe del cuento chino, del cuento de camino que nos han embutido: que si Dante, que si Beatriz, que si los círculos del infierno, que si Virgilio y la orientación por tierras ignotas, o que si la luz más cercana a la beatitud, allá arriba, muy arriba, ahora sí que del todo inalcanzable: luz perfecta, para pocos, luz que segrega, y en la que Medo cree como puede creer el que padece delirio de persecución al imaginar que al volver la cabeza, ahí, no había nadie.

          El paraíso en Manicomio se pone de manifiesto para de inmediato esfumarse, volverse inasible. Los rostros se modifican, aparece Beatriz para que surja Francesca y venga desde la casa de al lado betti. Las tres caras de Eva. Y cada cara un prisma, un rombo de la realidad: ésta, manifiesta como multiplicidad de las cosas que todo lo relativiza y dificulta aún más el asir, asirse de algún asidero, a veces necesitado con urgencia; asimismo manifiesta mediante la actividad febril del lenguaje de Medo, lenguaje que se exterioriza como brusquedad de desplazamientos, anacolutos, rapidez y ralentización (vía el gagueo o tartamudeo del demente tartaja) simultáneas; y manifiesta, por último, en cuanto incapacidad de aferrarse, de agarrase a un clavo ardiente, de flotar gracias a una tabla de salvación.

          Claudio Magris, en su Microcosmos, hablando de Joyce nos dice: “Joyce se convierte en el poeta de la vida cálida, un poeta clásico y conservador – a pesar de la subversión verbal – el heredero de una tradición plurisecular que confirma sus valores, la sacralidad de la carne y de su marchitarse, del tálamo y la procreación, de la casa y la familia.” Medo participa, mutatis mutandis, de una parecida situación. Desbarata, mediante un lenguaje desencajado, nada redondo sino del todo astillado, para rescatar, del polvo de la modernidad, que no es polvo de estrellas, lo rescatable (dentro y fuera del manicomio) de la tradición. ¿O si no cómo se explica que poema a poema aparezcan los paradisíacos, esos escritores que han dado vida, vida espiritual, a la humanidad? A este nivel, hemos de ser conscientes que un lenguaje convencional es legítimo, lenguaje que nos permite emplear términos caducos aunque renovables, del tenor de humanidad y vida espiritual. Y desde un lenguaje estabilizado, no uniforme sino estable, y desde un lenguaje que simultáneamente estalla, Medo hace reventar las cosas, la realidad visible y palpable, la historia con todas sus historias y, por supuesto, al propio lenguaje: así, se van inscribiendo los nombres de los autores amados, los autores que han de dar cordura al demente, como ellos mismos fueron capaces de extraer cordura de su propia demencia, haciendo de tripas corazón, y de flaqueza sacando fuerzas: y así vamos leyendo y viendo aparecer, casi saltar (salto mortal) a Lewis Carroll, a Dante, a Pound, a T. S., a Lao Tzu, a Schwitters, o mediante una luz indirecta, lateral, a Baudelaire con su Spleen o a Poe con su Crow.

          Le Paradis n’est pas artificiel
            But is jagged,”   
            (Pound, Canto XCII)

          “A man’s paradise is his good nature”  
            (Pound, Canto XCIII)
          
          “That I lost my center
            Fighting the world.”
          “I have tried to write Paradise”
         To be men not destroyers.”
          “Do not move
            Let the wind speak
                                                        That is paradise.”
         
          (Balbuceos finales del viejo Pound, Old EZ, en sus cantos últimos, incompletos, cantos tartamudos, de inmemorable tartamudez).

          Toca fondo la desesperación, alcanza su punto más extremo, está en el límite de un horizonte doble, a levante y a poniente: se está mal en esa extremosidad, la tan bella Gilda (Tempus) anda en cuatro patas, la alzan sólo para verla volver a caer, cerdas y mandriles de los manicomios ríen al verla con “la cara en el comedero…” ¿Cómo salir, cómo atisbar? ¿Cómo dejar que se nos pudran las rosas? ¿Es permisible? ¿Permisible cuando ahí tenemos a Alicia del otro lado del espejo contándonos sus hazañas, o tenemos al amigo Maquieira confiando en última instancia, y casi ya a punto de defenestración, en la escritura? Ved al amigo Gamoneda “por las alcobas blancas”(quirófanos son pureza) (celdas de manicomio son sostén de blancura) y ved al amigo Juan Luis (Martínez) para que se vea una nueva novela que tiene de novela lo que la abuela de Medo tiene de china. Y ved, por favor, a la linda Ludovina dejándose soñar: quiérase que no, estamos acompañados, y por la mejor compañía posible. La de, por ejemplo, y con todos sus errores coyunturales, Ezra Pound, que en Pisa tocó fondo:

Cantos pisanos, la jaula, 1945. Sin embargo, nuestro extraviado Old EZ tiene a mano un texto chino de Confucio, un diccionario inglés chino, un ejemplar de la Biblia (que sospechamos le servirá de poco, a la hora de religar). Ya es algo leer a Confucio (y en el original, aunque sea a duras penas) en esas condiciones. Ya es algo transmutar lo leído, en unos Cantos de tal hermosura, que la jaula se desbarata, el enjaulado escapa a toda vigilancia, el esquizoide muestra más cordura que el ciudadano vigilante y triunfador de afuera. Y si estamos, según dicen locos, hagámonos con Medo los locos (nada más cuerdo, en las actuales condiciones del mundo) pues va y por ahí, chi lo sà, atisbamos paraíso.

          Del paraíso artificial, del reventón de esos paraísos, se extrae lección de vida: todo sedante es efímero, un sucedáneo que deja mal sabor de boca, una solución rápida que no se incrusta como clásica lección, dentro del sistema circulatorio del consumidor. Para atisbar el paraíso hay que mirar las nóminas proscritas , que es mirar el mundo, al menos, digámoslo sin tapujos, lo mejor del mundo: Pound, Poe, Borges, Hemigway, Dante, Schwitters. Y ello con un lenguaje certeramente inseguro, un tartamudeo a sabiendas de que así se explora un lenguaje inédito, aún por explotar. El titubear del gago alcanza su equilibrio con la certidumbre de haber descubierto un nuevo filón expresivo para la modernidad. Medo pone al fiel la balanza, desde el desequilibrio del loco de atar, balbuciendo aullidos, desgañitándose en excoriadas intentonas de expresión, de búsqueda de sentido: el demente equilibra desde su celda el mundo actual, caótico, inestable, y cada vez más intransigente; lo equilibra dando rienda suelta, toda la rienda suelta de que es capaz el organismo, un organismo que se sabe al borde, baja la vista, mira el abismo, y recula, con naturalidad, para atisbar lo que interesa, a él, a todos, y de mala manera.
         
           De la multiplicidad manicómica, del estado de inasibilidad continua, sea en París o en un patio de colegio peruano, sea cuando Rimbaud y Verlaine se encuentran, siempre sucede lo mismo (diverso): estupro, violencia, desconsuelo; inclemencia, errores, contrición. Mucho variar para morir: mucho variar para acabar en tan poco. El peso de la desazón y de “el infinito de las matemáticas [que] me persiguen” son inalterables en tiempo, espacio y persona. Siendo así, a la verdad que se puede acabar de patitas en la calle o de bruces en un manicomio. Y no ver nunca la salida, la verja herrumbrosa con los querubines de las flamígeras espadas, y mucho menos Edén, la vuelta al claustro materno (si se quiere) la recuperación de la tierra original, prometida, sin dualidad.
          Al atisbar el paraíso se ve una y otra vez, figura a figura, el cuerpo muerto del autor. Se derrama tinta para ver una y otra vez, página a página, el cuerpo muerto del autor. La figura cambia, la figuración se altera, el color varía, pero el cuerpo muerto del autor permanece incólume. Se muere y se muere. ¿Dónde por lo tanto el atisbo? Está justo en ese justo medio desquiciado, de nigérrima hermosura, que es el propio libro de Maurizio Medo: su rastro, su desangrarse, su lava ígnea estallando, su huella a rastras de babosa, constituyen un paraíso: y éste, visible visión del poeta que nos deja una estela, no para dictar lección de nada, sino para cantar lo único posible: estamos siempre acompañados, y si se mira con ecuanimidad generosa, desde una bondad que contiene la pupila borgeana, o la mansión de un escritor (de una escritura) estamos bien acompañados (sostenidos).

JOSÉ KOZER

martes, 22 de julio de 2014

Reseña de Agustín Calvo Galán sobre NAÏF, de José Kozer, en Revista de Letras 22-7-14

Las mesas de novedades y los escaparates de las grandes librerías suelen estar copados por los grupos editoriales con más empuje económico. Eso parece, hasta cierto punto, característico de la narrativa, con sus renombradas firmas, sus grandes tiradas y aún más suculentos premios. Pero también lo es de la poesía, donde un puñado de editoriales machaconamente imponen un monocultivo de nombres y estilos, ocupando espacios de visibilidad, como lo haría un cucú, intentando no dejar sitio a nada más. El panorama de se vuelve aún más desolador si a ello le añadimos que el público lector de poesía es ínfimo. Pero, no cabe la desesperanza, la poesía sigue bien representada en las librerías con oficio, y un sinfín de pequeñas y medianas editoriales luchan denodadamente no tanto por subsistir, pues aparentemente tienen la batalla perdida de antemano, sino por publicar otra poesía, poesía ajena a los círculos promocionales, a la casuística de un mercado casi inexistente.
Una de estas pequeñas editoriales es la madrileña El Sastre de Apollinaire, comandada por Agustín Sánchez Antequera, que en los últimos cuatro años ha publicado cinco libros. Dicho así: publicar cinco libros en cuatro año, casi parece un despropósito o un desastre, pero no, es un gran triunfo, pues cada uno de esos cinco libros son excepcionales por su calidad y su planteamiento estético.
El sastre de Apollinaire
El sastre de Apollinaire
Entre los libros editados por El Sastre de Apollinaire podemos encontrar obras de poetas españoles actuales muy interesantes como Luis Luna y Ana Martín Puigpelat. El último, acabado de aparecer, es de José Kozer (La Habana, 1940) y se titula Naïf. En este caso la editorial ha dado un salto hacia América para traernos la obra de uno de los poetas cubanos, con raíces judías centroeuropeas, establecido en los EE.UU. desde los años 60, con más vasta obra, y de quien, por cierto, la editorial Amargord también acaba de editar un libro en España (Para que no imagines, 2014).
Naïf presenta una poesía torrencial, en la que el poeta nos propone un viaje por los escenarios y las estancias de su vida, desde los acentos y matices intelectuales por los que ha transitado; también desde una estética de contrastes, cortando higiénicamente los versos y uniendo palabras de campos semánticos diferentes, creando bellas sonoridades y poderosas evocaciones. Indudablemente, la amalgama cultural que el propio autor representa nos empuja a adentrarnos en este libro ahuyentando cualquier prevención apriorística contra lo barroco. Así, contiene referencias intelectuales y populares de todo tipo y procedencia: como por ejemplo las pictóricas, desde su propio título, y que nos recuerda la exuberancia tropical a la vez que la pincelada nada academicista de los cuadros de un Henri Rousseau. En los versos de Kozer:
Suave, la sombra, el cuerpo sumido a la sombra,
se posa el cernícalo,
sólo un contorno.
Al fin, una sólida ingenuidad primigenia, tan necesaria en los días que nos ha tocado vivir, se une en los versos del poeta cubano a un viaje hacia la experimentación con el lenguaje, que se busca o reinventa en la maestría no de lo clásico sino de lo diferente. Naïf es poesía de corredor de fondo, que hace del español un ámbito por el que transitar sin miedos hacia una creatividad arrolladora.
Frente a las grandes editoriales tradicionales, también las de poesía, que no paran de editar libros, ansiosas por no dejar vacías las estanterías ni las mesas de novedades de las librerías, una editorial pequeña solo tiene un camino a seguir si quiere perdurar: trabajar con dignidad creando obras sin prisas y buscando lo excepcional, pues la lentitud y la excepción es algo a lo que las editoriales consagradas no suelen arriesgarse.
Agustín Calvo Galán. 
Revista de Letras
Enlace original: http://revistadeletras.net/el-riesgo-de-lo-excepcional/