miércoles, 27 de agosto de 2014

J. K., lejos de la comparsa, por Gerardo Fernández Fe

Víctima de su vehemencia, en 1893 José Martí comete el desatino de justificar la mediocridad de ciertos poetas a partir de su entereza y su disposición para la guerra. "Su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían. Rimaban mal, a veces, pero solo pedantes y bribones se lo echarán en cara porque morían bien", escribe en su prólogo a Los poetas de la guerra.
De manera que "morir bien" ya enaltecía sus peregrinos papeles, pues la poesía se encontraba definitivamente en el comportamiento agonístico y en el ethos inclaudicable del guerrero/poeta, y pasaba incluso hacia aquellos que jamás habían tomado la pluma para escribir un verso. Martí veía un "sublime dístico" en dos hombres comunes que caían al unísono, superados por el enemigo. De luchadores a mártires, y de ahí a verso encarnado.
Este modo de entender la poesía, hiperbolizando no el resultado sino la intención, desemboca en el aligeramiento del acto poético, en su trasvase hacia el enaltecimiento de la virtud guerrera. "La poesía escrita —sentencia Martí— es de grado inferior a la virtud que la promueve".
Cien años antes de este gesto romántico, la Revolución Francesa ya había apologizado la poesía de los sans-culottes, y como acto supremo había instaurado un nuevo calendario plagado de hermosuras poéticas. Fue Fabre d'Églantine, un poeta más que mediano, de esos que se apegan al Poder, quien apareó vida práctica y belleza: vendimiario, nivoso, floreal, termidor…
Imagino que en otras tradiciones letradas haya ocurrido lo mismo, pero nuestro caso es singular. La imagen homérica de los guerreros que vienen de la guerra entonando poemas hechos música cogió cuerpo a partir de enero de 1959, y desde entonces ha contribuido sobremanera al kitsch nacional: en La Habana, en Miami, ¡donde quiera! En el sonsonete de una pionerita inflamada, en los versos de un espía que cumple su condena o en el obituario de un periódico del exilio.
Desde entonces, como se escucha por doquier, la poesía está en la calle: en la belleza de una barricada en París, en el "sublime dístico" de Martí, y hasta en la recolección de cien quintales de tomate en una mañana de verano. ¡La poesía partout! ¡Everywhere!
Pobre de ella, la poesía; todos piensan que la tienen a mano. Siempre me he preguntado por qué a nadie se le ocurre, sin haber pasado años a la sombra de uno o de varios maestros, agarrar un trozo de piedra de tres metros de alto para convertirlo en escultura decente; como mismo a ningún ser de a pie le pasa por la cabeza escriturar de la noche a la mañana los miles de acordes de una obra sinfónica. No pueden, simplemente no pueden.
Sin embargo, basta una puesta de sol o el pulso cardíaco un tanto por encima de lo normal, para que optemos por la hoja, el lápiz y el hermoso verso. Bienvenido, Facebook, que todo lo contienes y que has realimentado este acto retorcido. ¿Acaso no somos todos poetas? ¡Mostrémonos, pues!
Con estos fantasmas he salido de la primera lectura de poesía de José Kozer a la que yo haya asistido, y ellos mismos han seguido hablándome al oído mientras recorro las más de 350 páginas de Acta est fabula, una cuidada antología que en 2013, desde México, publicara Fondo de Cultura Económica.
Sobre los poetas de la guerra, Martí había elogiado que "el acento, cauto o arrebatado, [estuviera] en los cascos de la caballería". Pero José Kozer felizmente nunca fue a la guerra; su caballería, si acaso, es mental, del imaginario. Aunque su acento, arrebatado o cauto, según el momento, sí sabe distinguirse como pocos del resto de la tropa.
Eso de acento nos lleva incorregiblemente al tema del sonido. Se ha hablado, las más de las veces, de las huellas hebreas en la poesía de José Kozer, del hálito budista zen en otras zonas de su imaginario; se ha escrito sobre lo sucio, sobre su filiación neobarroca, sobre su afán de taquígrafo, su efusivo furor de escritura... Quiero detenerme, sin embargo, en el poeta corifeo.
No todos los buenos poetas son vectores de sonidos. Habría que consultar con los archivos sonoros sobre la voz y el tempo de Ezra Pound o de Wallace Stevens. Yo, que escuché a Edoardo Sanguineti en Medellín, en junio de 1998, sé de lo melodioso de aquella lengua que me es ajena, en boca de un poeta de versos desmantelados e irreverentes como el italiano, para asombro de las encopetadas damas que fueron a escucharlo.
Durante años, José Kozer también ha tenido que medrar a la par de esos lectores que, encopetados o no, no han podido entender su idea de la poesía, no la han disfrutado, han huido espantados ante el regreso eficaz y sin azucaramientos del cardenillo, la malaquita y el agua de manzanilla con la que la madre se refrescaba la vista.
En algún momento he escuchado apelar a la supuesta incomprensibilidad de su poesía. ¿Rareza de qué?, agrego. ¿O para quién? ¡Pero si en el fondo la obra en pleno de José Kozer no es más que un acto de historia personal! ¿Acaso exista algún texto que no abunde en la mesa frugal, en Guadalupe, en el padre judío, en el espejo del botiquín —"otra palabra en desuso"— del cuarto de baño en Forest Hills o en "el ojo mental del laurel de Indias"?
Ah, eso sí, sin lloriqueos, sin golpes en el pecho. "Fui liberado del cáncer del lirismo, y tú operaste, muy a tiempo", agradece Flaubert en carta a Maxime Du-Camp, quien le había aconsejado abandonar la primera versión de su Tentación de San Antonio para buscar un tema más apegado a nuestra naturaleza pedestre. De ahí Madame Bovary.
La poesía, entre otras cosas, debe ser también sorpresa.
Salgo de aquella lectura pública y vuelvo a pensar en la triste ansiedad de tantos hacedores de versos, tan carentes de un espejo donde mirar, desde otro ángulo, lo que como poesía producen. Y mientras me largo, empiezo a pergeñar esta especie de filípica. Pienso además en un Kozer rítmico.
Tras la arquitectura más que vertical, delgada, de muchos de estos poemas, resulta llamativo detectar un inusitado ritmo. En medio de aquel recital, en más de una ocasión me descubrí a mí mismo tamborileando con dos dedos encima del propio pulgar, como un trompetista que estudia en silencio, en medio de un autobús, los espacios de tinta de una partitura.
Es este uno de esos poetas que hay que escuchar: las inflexiones de su voz, sus pausas maliciosas, el dedo índice, afilado, de la mano derecha, trazando filigranas en el aire. Que escuche y disfrute quien tenga oídos —a fin de cuentas, basta de pensar la poesía como un bien para todos—, pues estamos ante un medular poeta de lo sonoro.
Quiero pensar en este José Kozer sónico junto a José Lezama Lima, Gastón Baquero y Nicolás Guillén, otros tres poetas muy disímiles entre sí, distantes, por qué no, pero apegados al tañido de una vihuela, a la voz de fondo, al sonido de la rueca.
Y tras sus pasos, por encima de tanto tartufo sin vértigo que por ahí gusta de exhibirse, una avanzadilla de poetas sustanciosos que no deberían nunca  escapársenos: Néstor Díaz de Villegas y Rolando Sánchez Mejías, Carlos Augusto Alfonso y Juan Carlos Flores, Rolando Jorge, Joaquín Badajoz y Waldo Pérez Cino, Pablo de Cuba y Javier Marimón, Oscar Cruz y José Ramón Sánchez. A algunos de estos no hace falta siquiera escucharlos para constatar que se trata de escritores que cascan el lenguaje poético que la Doxa instituyera hace siglos, y que con cada crujido generan un sonido irregular, alarmante, llamativo, obsceno. Son poetas que suenan; y suenan bien, lejos de la comparsa.
Pero para esto hace falta oído, buena lectura, trabajo, distanciamiento, y una especie de viaje en el que, ¡nada más cierto!, no todos podemos enrolarnos; "un largo y limpio viaje para no pudrirme —como hace años sentenció en sereno poema Emilio García Montiel— como veía pudrirse los versos ajenos en la noria falaz de las palabras".

GERARDO FERNÁNDEZ FE

Publicación original en Diario de Cuba, 3-8-14: 

martes, 26 de agosto de 2014

Reseña de Jorge Tamargo sobre NAÏF, de José Kozer

Naïf, de José Kozer

Hace unos días, después de haber escrito “Bajas pasiones en la cabaña poética del castellano”, di en la red con dos entrevistas extraordinarias y muy oportunas, parecían un puntual regalo: la una (escrita) al poeta español Juan Carlos Mestre, por Lázaro Tello Pedró; la otra (en vídeo) al poeta cubano José Kozer, por Cristina Ruiz-Poveda. Aunque se trata de poetas que tengo leídos, las entrevistas me llevaron de nuevo a sus obras. Al final les indicaré ambos enlaces, pero ahora quiero hablarles de la poética de Kozer, quiero invitarles concretamente a que lean uno de sus libros: Naïf, el número 5 de la Colección de Poesía de la editorial madrileña El sastre de Apollinaire. Lo busqué en Valladolid y no lo encontré. Sí en Madrid, en la librería del Círculo de Bellas Artes. Lo leí rápidamente, claro, y, como soy incorregible, quiero llevarlos a él.

Naïf... Quienes me conocen saben la importancia que doy a los títulos de las obras literarias. Sobre todo en poesía, estoy frontalmente en contra del nominalismo en ellos, por sonoro, amable o conveniente que resulte; conveniente, digo, desde el punto de vista comercial. Entonces ¿por qué me parece tan apropiado este título como pórtico a la poesía menos naíf que podamos imaginar? Kozer, ya con el título comienza a engatusarnos. Aquí nada es meridiano. Aquí la exactitud es siempre lateral, oblicua. Primero, utiliza la voz francesa, coloca una diéresis y pone cara a la “i” con esos ojitos que parecen mirar, incluso reír socarronamente, como preguntando: ¿parezco lo que no soy? Después, titula Naïf a 31 de los 33 poemas que integran el libro. No se trata de actos de un mismo y largo poema (¿o sï?, veremos) sino que cada uno de ellos lleva el mismo nombre como si se pretendiera redundar en él para redorar el amaño. Los buenos lectores lo pillarán sin demora: el título es una verónica escueta, pero barroca, para los toros bravos, los nobles, los que juegan y quieren ser perfectamente camelados. A los mansos, que buscan la lógica rendija para el abandono, y más que jugar quieren saber (sí, yo, pero sólo aquí como comentarista, quede claro) el poeta les va dejando pistas suficientes. Dice, por ejemplo, al inicio del tercer poema: “Concédeme/ Pan/ un/ verso”, pero matiza más adelante: “Pan, sé Orfeo”. Y es que la poesía de Kozer es cualquier cosa menos salvaje o ingenua. No puede serlo, cuando el poeta maneja y gobierna con tal precisión, en una mano el buril y en otra el estilete. Entonces ¿el título? Una delicia, perfecto umbral para el período lúdico a que somos invitados; primera noticia de que entramos en la casa del mago. Porque Kozer no es ingenuo, pero sí mago, un rato largo. Es como si en la entrada de un parque de atracciones se rotulara “Clínica Dental” con letras negras y rojas; pero en sentido contrario, porque detrás de este gracioso título nos espera la alta poesía. Como entremos al libro esperando solazarnos amodorrados en la palabrería cariciosa, lo llevamos claro... ¿Naïf? Sea, maestro. Entramos al ruedo para ser estocados.

Naïf... Como seguramente saben, en algunas tribus alejadas todavía de la civilización occidental, el impulso nominal es tan grave, que el verdadero nombre de los individuos se escamotea a los extraños, jamás se pronuncia en público, porque se piensa que quien lo conozca estará automáticamente en posesión del alma nombrada, pudiendo desajustarla a su antojo. El nombre conocido es siempre falso. El verdadero es impronunciable, permanece al margen de todo comercio social. No conozco el nombre secreto de este libro. Bien pudiera ser, por ejemplo, “Guadalupe enamora a Proteo”, o “Ando caliente”, pero en cualquier caso, sea cual sea, tendría que serlo de toda la poesía de Kozer. En el prólogo de la antología “Y del esparto la invariabilidad”, que le publicó Visor en 2005, Reynaldo Jiménez dice: “... (Kozer) está escribiendo, desde hace décadas, un solo poema que es único verso que, a manera de kakemono omnívoro, al rigor de sus goces verbales, se inscribe en la celebración de la multiplicidad.” Estoy muy de acuerdo, pero digo más. La mayoría de los poetas en todas las lenguas llevan milenios tratando de escribir (decir, cantar) versos para la misma y única pieza. Entre Safo y Kozer median algunas estrofas de ese Gran Poema. Sucede que muy pocos lo logran, porque para ello hay que tener perfectamente sincronizados los relojes solar y de arena, hay que saber leer el tiempo, manipularlo según convenga: dilatarlo, detenerlo, estresarlo... controlarlo en fin, si esto es posible, para hacer una muesca en el cuadrante exacto. Y como si ello fuera poco, para tener éxito, el relojero pensante debe intimar de continuo con la Gracia. Kozer ya hizo su muesca, tan sucia y compleja como su cuadrante. Su único poema no es más que un necesario, imprescindible sobresalto en el Grande-nuestro-de todos los tiempos. En ese sobresalto impera el colmo barroco de su lengua, con sus atalayas grecolatina y semita, pero también condimentan los polvos hiperbóreos, germánicos, las chinerías, las muletillas isleñas. (El tema Cuba dejémoslo. Es importante, pero no cabe aquí. “Circe, te llamas Cuba”, dice el poeta. Que nos baste eso por ahora) El libro que les recomiendo es un magnífico ejemplo de este magistral ajiaco. Pienso para el potro más vivo de Crono: “(jamás, azul)” jamás Darío, jamás pop, jamás naíf...

Naïf... Terminé el libro y fui corriendo a Dante. Suelo drenar en él las conmociones fuertes. Hay muescas muy hondas en el Gran Poema que nos sirven de lenitivo. Pero mientras danteaba una vez más buscando relajarme, remolonear aplomado “donde el tiempo con tiempo se repara”, Kozer, como si fuera un jodedor empíreo, me trepaba por la espalda percutiendo en mi nuca, acomodando su espejito sobre “la (mi) sien izquierda”. Entonces supe que debía contarlo, que debía invitarlos a este libro. Léanlo. No será fácil. Voy a ser claro: hablamos de una poesía aristocrática, no primorosa, ojo, no relamida, por Dios, sencillamente aristocrática; esto es: una poesía donde la heredad lo es todo, recibida, incubada y proyectada; justo porque resulta magistralmente puesta a punto en un tiempo concreto (el suyo) para que siga siéndolo siempre. No encontrarás más vanguardia que ésta en castellano, y al mismo tiempo, no te apartarás un ápice de su mejor esencia. Poesía de tu tiempo, lector. Perfecta muesca para premiar tu esfuerzo. Si lo haces, si te esfuerzas con nobleza y codicia, saldrás del libro con una sonrisa. Agradecerás haberte prestado al magnífico juego, y tu gesto (quién sabe si naíf, él sí) me habrá descargado. Algunos pensarán: Con tantos hilos “Nosé Coser”. Pues apúntense al cursillo de alta costura que imparte en castellano el avispado y valiente Sastre de Apollinaire.

Naïf... “Sed capitanes en latín ahora/ los que en romance ha tanto que sois duces”.


JORGE TAMARGO

Enlace de la publicación original: 

viernes, 22 de agosto de 2014

Crítica de José Kozer al poemario MANICOMIO de Maurizio Medo

SOBRE "MANICOMIO". NO SÉ CÓMO ATISBAR EL PARADISO. JOSÉ KOZER


Maurizio. Maurizio Medo. Manicomio: pocas cosas en este libro de poemas son tenues. Cada texto una serie sucesiva de explosiones (implosiones) tales que el cuerpo tartamudea, la lengua se trastabilla, hace del gaje y oficio del tartamudear recurrencia que es fulcro, fulcro que permite un respiro (a la locura) para poder seguir adelante. En algo se tiene que apoyar el demente, al menos si quiere transcribir, con el roto lenguaje de la extrañeza, su experiencia.

          Entiéndase que lo que explota deja ruinas. El explosivo tiene la función de arrasar (con el enemigo). ¿Enemigo? En efecto, enemigo: el esquizoide y el paranoico tienen entrada plena en el manicomio. Ahí, el paciente (que por explosivo muestra no ser nada paciente) se encuentra con el enemigo adentro (esquizofrenia) o afuera (paranoia). Ante esa circunstancia, lo primero es hacer polvo al enemigo, aniquilarlo. Hacerlo es intentar la cordura, recuperar el fiel y la estabilidad de la normalidad. Salir del caos, entrar, tras la experiencia de la luz primordial, de nuevo en la habitación cotidiana, prender la luz, luz eléctrica, vaga estela de aquella luz primordial vista, experimentada, por el orate, que ahora queda atrás (mejor así) y que le permite volver a la vida, a la sociedad (risas) de naciones, a la integración (sí, cómo no, naranjas de la China y un jamón).

          Medo, inter alia, ríe: mas a diferencia de muchos otros desgarrados, Medo suelta su estruendosa carcajada, ejecuta a ojos vistas su danza macabra, para reír no de alguien sino de algo: ese algo es la inasibilidad del paraíso (Paradiso). Ríe del cuento chino, del cuento de camino que nos han embutido: que si Dante, que si Beatriz, que si los círculos del infierno, que si Virgilio y la orientación por tierras ignotas, o que si la luz más cercana a la beatitud, allá arriba, muy arriba, ahora sí que del todo inalcanzable: luz perfecta, para pocos, luz que segrega, y en la que Medo cree como puede creer el que padece delirio de persecución al imaginar que al volver la cabeza, ahí, no había nadie.

          El paraíso en Manicomio se pone de manifiesto para de inmediato esfumarse, volverse inasible. Los rostros se modifican, aparece Beatriz para que surja Francesca y venga desde la casa de al lado betti. Las tres caras de Eva. Y cada cara un prisma, un rombo de la realidad: ésta, manifiesta como multiplicidad de las cosas que todo lo relativiza y dificulta aún más el asir, asirse de algún asidero, a veces necesitado con urgencia; asimismo manifiesta mediante la actividad febril del lenguaje de Medo, lenguaje que se exterioriza como brusquedad de desplazamientos, anacolutos, rapidez y ralentización (vía el gagueo o tartamudeo del demente tartaja) simultáneas; y manifiesta, por último, en cuanto incapacidad de aferrarse, de agarrase a un clavo ardiente, de flotar gracias a una tabla de salvación.

          Claudio Magris, en su Microcosmos, hablando de Joyce nos dice: “Joyce se convierte en el poeta de la vida cálida, un poeta clásico y conservador – a pesar de la subversión verbal – el heredero de una tradición plurisecular que confirma sus valores, la sacralidad de la carne y de su marchitarse, del tálamo y la procreación, de la casa y la familia.” Medo participa, mutatis mutandis, de una parecida situación. Desbarata, mediante un lenguaje desencajado, nada redondo sino del todo astillado, para rescatar, del polvo de la modernidad, que no es polvo de estrellas, lo rescatable (dentro y fuera del manicomio) de la tradición. ¿O si no cómo se explica que poema a poema aparezcan los paradisíacos, esos escritores que han dado vida, vida espiritual, a la humanidad? A este nivel, hemos de ser conscientes que un lenguaje convencional es legítimo, lenguaje que nos permite emplear términos caducos aunque renovables, del tenor de humanidad y vida espiritual. Y desde un lenguaje estabilizado, no uniforme sino estable, y desde un lenguaje que simultáneamente estalla, Medo hace reventar las cosas, la realidad visible y palpable, la historia con todas sus historias y, por supuesto, al propio lenguaje: así, se van inscribiendo los nombres de los autores amados, los autores que han de dar cordura al demente, como ellos mismos fueron capaces de extraer cordura de su propia demencia, haciendo de tripas corazón, y de flaqueza sacando fuerzas: y así vamos leyendo y viendo aparecer, casi saltar (salto mortal) a Lewis Carroll, a Dante, a Pound, a T. S., a Lao Tzu, a Schwitters, o mediante una luz indirecta, lateral, a Baudelaire con su Spleen o a Poe con su Crow.

          Le Paradis n’est pas artificiel
            But is jagged,”   
            (Pound, Canto XCII)

          “A man’s paradise is his good nature”  
            (Pound, Canto XCIII)
          
          “That I lost my center
            Fighting the world.”
          “I have tried to write Paradise”
         To be men not destroyers.”
          “Do not move
            Let the wind speak
                                                        That is paradise.”
         
          (Balbuceos finales del viejo Pound, Old EZ, en sus cantos últimos, incompletos, cantos tartamudos, de inmemorable tartamudez).

          Toca fondo la desesperación, alcanza su punto más extremo, está en el límite de un horizonte doble, a levante y a poniente: se está mal en esa extremosidad, la tan bella Gilda (Tempus) anda en cuatro patas, la alzan sólo para verla volver a caer, cerdas y mandriles de los manicomios ríen al verla con “la cara en el comedero…” ¿Cómo salir, cómo atisbar? ¿Cómo dejar que se nos pudran las rosas? ¿Es permisible? ¿Permisible cuando ahí tenemos a Alicia del otro lado del espejo contándonos sus hazañas, o tenemos al amigo Maquieira confiando en última instancia, y casi ya a punto de defenestración, en la escritura? Ved al amigo Gamoneda “por las alcobas blancas”(quirófanos son pureza) (celdas de manicomio son sostén de blancura) y ved al amigo Juan Luis (Martínez) para que se vea una nueva novela que tiene de novela lo que la abuela de Medo tiene de china. Y ved, por favor, a la linda Ludovina dejándose soñar: quiérase que no, estamos acompañados, y por la mejor compañía posible. La de, por ejemplo, y con todos sus errores coyunturales, Ezra Pound, que en Pisa tocó fondo:

Cantos pisanos, la jaula, 1945. Sin embargo, nuestro extraviado Old EZ tiene a mano un texto chino de Confucio, un diccionario inglés chino, un ejemplar de la Biblia (que sospechamos le servirá de poco, a la hora de religar). Ya es algo leer a Confucio (y en el original, aunque sea a duras penas) en esas condiciones. Ya es algo transmutar lo leído, en unos Cantos de tal hermosura, que la jaula se desbarata, el enjaulado escapa a toda vigilancia, el esquizoide muestra más cordura que el ciudadano vigilante y triunfador de afuera. Y si estamos, según dicen locos, hagámonos con Medo los locos (nada más cuerdo, en las actuales condiciones del mundo) pues va y por ahí, chi lo sà, atisbamos paraíso.

          Del paraíso artificial, del reventón de esos paraísos, se extrae lección de vida: todo sedante es efímero, un sucedáneo que deja mal sabor de boca, una solución rápida que no se incrusta como clásica lección, dentro del sistema circulatorio del consumidor. Para atisbar el paraíso hay que mirar las nóminas proscritas , que es mirar el mundo, al menos, digámoslo sin tapujos, lo mejor del mundo: Pound, Poe, Borges, Hemigway, Dante, Schwitters. Y ello con un lenguaje certeramente inseguro, un tartamudeo a sabiendas de que así se explora un lenguaje inédito, aún por explotar. El titubear del gago alcanza su equilibrio con la certidumbre de haber descubierto un nuevo filón expresivo para la modernidad. Medo pone al fiel la balanza, desde el desequilibrio del loco de atar, balbuciendo aullidos, desgañitándose en excoriadas intentonas de expresión, de búsqueda de sentido: el demente equilibra desde su celda el mundo actual, caótico, inestable, y cada vez más intransigente; lo equilibra dando rienda suelta, toda la rienda suelta de que es capaz el organismo, un organismo que se sabe al borde, baja la vista, mira el abismo, y recula, con naturalidad, para atisbar lo que interesa, a él, a todos, y de mala manera.
         
           De la multiplicidad manicómica, del estado de inasibilidad continua, sea en París o en un patio de colegio peruano, sea cuando Rimbaud y Verlaine se encuentran, siempre sucede lo mismo (diverso): estupro, violencia, desconsuelo; inclemencia, errores, contrición. Mucho variar para morir: mucho variar para acabar en tan poco. El peso de la desazón y de “el infinito de las matemáticas [que] me persiguen” son inalterables en tiempo, espacio y persona. Siendo así, a la verdad que se puede acabar de patitas en la calle o de bruces en un manicomio. Y no ver nunca la salida, la verja herrumbrosa con los querubines de las flamígeras espadas, y mucho menos Edén, la vuelta al claustro materno (si se quiere) la recuperación de la tierra original, prometida, sin dualidad.
          Al atisbar el paraíso se ve una y otra vez, figura a figura, el cuerpo muerto del autor. Se derrama tinta para ver una y otra vez, página a página, el cuerpo muerto del autor. La figura cambia, la figuración se altera, el color varía, pero el cuerpo muerto del autor permanece incólume. Se muere y se muere. ¿Dónde por lo tanto el atisbo? Está justo en ese justo medio desquiciado, de nigérrima hermosura, que es el propio libro de Maurizio Medo: su rastro, su desangrarse, su lava ígnea estallando, su huella a rastras de babosa, constituyen un paraíso: y éste, visible visión del poeta que nos deja una estela, no para dictar lección de nada, sino para cantar lo único posible: estamos siempre acompañados, y si se mira con ecuanimidad generosa, desde una bondad que contiene la pupila borgeana, o la mansión de un escritor (de una escritura) estamos bien acompañados (sostenidos).

JOSÉ KOZER

martes, 22 de julio de 2014

Reseña de Agustín Calvo Galán sobre NAÏF, de José Kozer, en Revista de Letras 22-7-14

Las mesas de novedades y los escaparates de las grandes librerías suelen estar copados por los grupos editoriales con más empuje económico. Eso parece, hasta cierto punto, característico de la narrativa, con sus renombradas firmas, sus grandes tiradas y aún más suculentos premios. Pero también lo es de la poesía, donde un puñado de editoriales machaconamente imponen un monocultivo de nombres y estilos, ocupando espacios de visibilidad, como lo haría un cucú, intentando no dejar sitio a nada más. El panorama de se vuelve aún más desolador si a ello le añadimos que el público lector de poesía es ínfimo. Pero, no cabe la desesperanza, la poesía sigue bien representada en las librerías con oficio, y un sinfín de pequeñas y medianas editoriales luchan denodadamente no tanto por subsistir, pues aparentemente tienen la batalla perdida de antemano, sino por publicar otra poesía, poesía ajena a los círculos promocionales, a la casuística de un mercado casi inexistente.
Una de estas pequeñas editoriales es la madrileña El Sastre de Apollinaire, comandada por Agustín Sánchez Antequera, que en los últimos cuatro años ha publicado cinco libros. Dicho así: publicar cinco libros en cuatro año, casi parece un despropósito o un desastre, pero no, es un gran triunfo, pues cada uno de esos cinco libros son excepcionales por su calidad y su planteamiento estético.
El sastre de Apollinaire
El sastre de Apollinaire
Entre los libros editados por El Sastre de Apollinaire podemos encontrar obras de poetas españoles actuales muy interesantes como Luis Luna y Ana Martín Puigpelat. El último, acabado de aparecer, es de José Kozer (La Habana, 1940) y se titula Naïf. En este caso la editorial ha dado un salto hacia América para traernos la obra de uno de los poetas cubanos, con raíces judías centroeuropeas, establecido en los EE.UU. desde los años 60, con más vasta obra, y de quien, por cierto, la editorial Amargord también acaba de editar un libro en España (Para que no imagines, 2014).
Naïf presenta una poesía torrencial, en la que el poeta nos propone un viaje por los escenarios y las estancias de su vida, desde los acentos y matices intelectuales por los que ha transitado; también desde una estética de contrastes, cortando higiénicamente los versos y uniendo palabras de campos semánticos diferentes, creando bellas sonoridades y poderosas evocaciones. Indudablemente, la amalgama cultural que el propio autor representa nos empuja a adentrarnos en este libro ahuyentando cualquier prevención apriorística contra lo barroco. Así, contiene referencias intelectuales y populares de todo tipo y procedencia: como por ejemplo las pictóricas, desde su propio título, y que nos recuerda la exuberancia tropical a la vez que la pincelada nada academicista de los cuadros de un Henri Rousseau. En los versos de Kozer:
Suave, la sombra, el cuerpo sumido a la sombra,
se posa el cernícalo,
sólo un contorno.
Al fin, una sólida ingenuidad primigenia, tan necesaria en los días que nos ha tocado vivir, se une en los versos del poeta cubano a un viaje hacia la experimentación con el lenguaje, que se busca o reinventa en la maestría no de lo clásico sino de lo diferente. Naïf es poesía de corredor de fondo, que hace del español un ámbito por el que transitar sin miedos hacia una creatividad arrolladora.
Frente a las grandes editoriales tradicionales, también las de poesía, que no paran de editar libros, ansiosas por no dejar vacías las estanterías ni las mesas de novedades de las librerías, una editorial pequeña solo tiene un camino a seguir si quiere perdurar: trabajar con dignidad creando obras sin prisas y buscando lo excepcional, pues la lentitud y la excepción es algo a lo que las editoriales consagradas no suelen arriesgarse.
Agustín Calvo Galán. 
Revista de Letras
Enlace original: http://revistadeletras.net/el-riesgo-de-lo-excepcional/

viernes, 4 de julio de 2014

Reseña sobre NAÏF en La Columnata por Luis Luna

Aquí dejamos esta reseña aparecida en la recita cultural La Columnata sobre Naïf, de José Kozer. 

Enlace original: http://lacolumnata.es/cultura/territorio-en-penumbra/naif-de-jose-kozer



‘Naïf’, de José Kozer

 | junio 17, 2014 | MISCELÁNEA CULTURAL » Territorio en penumbra »

Nacido en Cuba, de padres judíos, José Kozer es uno de esos poetas que han pasado la vida en la soledad de su creación, sin casi reconocimientos, lo cual no ha impedido que la calidad de su obra sea hoy indiscutible si hemos de tener en cuenta la opinión de los críticos y los propios poetas. Lo edita ahora la colección “El sastre de Apollinaire”, dirigida por el esforzado Agustín Sánchez Antequera.
…………Naïf continúa con la indagación neobarroca que es propia del poeta, acumulando piezas en ese tablero universal que es el poema. Las voces se entremezclan con los jirones de una historia donde lo ‘naïf’ es tal vez el pegamento, tal vez una especie de suturaEl sastre de Apollinaire, Agustín Sánchez Antequera que cose los costurones del cuerpo único que es el texto que se nos presenta. Texto torrencial en el que cada resorte salta al contacto del otro, donde un verso completa el anterior y da paso al siguiente, en una partitura polifónica nutrida de acentos y giros propios y adoptados como en una gran voz final, resultado de la acumulación de todos esos elementos.
…………La acumulación a que hacemos referencia no debe confundirse con abigarramiento, con una descolocación absurda o desastrosa. Nada más lejos de la realidad. Los edificios que construye Kozer son de una perfección casi geométrica, en la que todo está colocado con una precisión de relojero. Esa precisión es la que justifica la obra de Kozer, la que hace encajar todas sus piezas y también, por supuesto, la que hace avanzar su libro. Un libro en el que encontramos mitología, eros, anécdota, trascendencia. Y todo ello sin aparente contradicción sino como vehículo para el poema, para la larga marcha en la que se interna el lector y que solo acaba cuando los poemas quedan reverberando en él, como una lujuriosa letanía que arrebatase toda capacidad de defensa. En consecuencia con esto, el armamento pesado del poeta va a ser la imagen, una imagen construida en función de relaciones que se van construyendo en el contexto del propio libro. No necesita el lector referencias externas, aunque pueden ayudarle en la tarea de una intelección más certera. Sin embargo, la visión inmediata, aquella que queda grabada para siempre, no necesita de apoyaturas extratextuales. Así se instala el poeta en la poesía más franca, en un adanismo atisbador explicitado en el título. Kozer es, más que nunca, un sastre al que seguro Apollinaire aplaudiría.


LUIS LUNA

miércoles, 2 de julio de 2014

Eduardo Moga escribe sobre José Kozer y Naïf


Queridxs amigxs:

Encontramos esta entrada en el blog de Eduardo Moga, poeta, crítico y editor. Esperamos que sea de vuestro agrado. 


Eduardo Moga

LA INGENUIDAD DE JOSÉ KOZER

Miércoles, 25 de junio de 2014
Recuerdo a José Kozer de una visita a Barcelona. Han pasado muchos años ya -debía de ser el 2000 o 2001-, pero su imagen sigue viva en mi memoria. Leía poemas en el Pati Llimona, uno de esos palacetes municipales que le sirven al ayuntamiento para hacernos creer que le importa la cultura. Resulta que un libro suyo, Dípticos,había inaugurado una nueva colección de poesía, la de Bartleby Editores, cuyo segundo volumen había sido mi El corazón, la nada. Aquella cercanía me había llevado a leerlo, con sorpresa primero, casi con pasmo, y con devoción después. Me gustaron los poemas que recitó -aunque su impacto en nuestra sensibilidad siempre es distinto del que produce la lectura en silencio-, pero, sobre todo, no he olvidado algo que dijo entre uno y otro, en passant: "Ahora que tengo, como en un sueño, sesenta años...". Como en un sueño, sí: hoy, cuando soy yo el que ha cumplido cincuenta, entiendo esa fugacidad de la que hablaba el cubano: cinco décadas, seis décadas, evaporadas; pronto, la vida entera. Y todo parece, en efecto, un sueño. También recuerdo, de aquel encuentro, algo que le dijo, con mucho desparpajo, una poeta al acabar la lectura: "Yo también soy poeta". Y yo, que esperaba en la fila para saludarlo, como ella, y hacer que me firmara alguno de sus libros, me quedé asombrado por aquella equiparación: cuánto engreimiento hacía falta para formularla. Que aquella mujer se situara a la altura de Kozer era como si Stephen Hawking le dijera a Messi: "Yo también soy futbolista". Tras la lectura, estuve charlando un rato con Kozer y con su mujer, Guadalupe, que me parecieron de trato franco, muy cordiales. Luego, durante algunos años, mantuve el contacto con el poeta, cuyas cartas -entonces aún no había correo electrónico- eran puntuales y cumplidísimas. Recuerdo también que en una me confesó que había dejado de cartearse con Antonio Gamoneda, porque su caligrafía rúnica se le hacía imposible de entender. Lo comprendí: leer la correspondencia de Antonio, o cualquier manuscrito suyo, constituye un doloroso ejercicio de descriframiento, que no siempre se culmina con éxito. Tras un tiempo, la comunicación se espació y, por fin, concluyó, como sucede tantas veces a lo largo de la vida, incluso con gente que ha sido muy cercana: la distancia tiene una extraordinaria fuerza separadora, aunque no afecte a lo esencial: a los sentimientos. Yo he seguido leyendo a Kozer con fidelidad y admiración, y no me ha sido difícil hacerlo, porque pertenece, como Juan Ramón Jiménez, como Manuel Álvarez Ortega, a esa rara estirpe de poetas para los que componer poemas es una actividad diaria, central, constante, consuetudinaria, como comer o dormir; una actividad que justifica la existencia, y que le da continuidad. Desde Dípticos, el libro gracias al cual lo conocí, Kozer ha publicado más de una veintena de poemarios. Da ahora a conocer Naïf, en la joven y novedosa editorial El Sastre de Apollinaire. La poesía de José Kozer se considera neobarroca, aunque sería más exacto calificarla de barroco filtrado por la vanguardia o, mejor todavía, de conceptismo filtrado por el expresionismo. Sus dos padrinos, según ha puntualizado el poeta, son San Juan de la Cruz y Ludwig Wittgenstein. Sus versos son aluviales y rizomáticos: «Las florestas de la palabra se han hinchado», ha escrito. Y no es casual esta metáfora botánica: su obra, y también este Naïf, está plagada de árboles y plantas; en general, de cosas materiales y cromáticas: flores, frutos, animales, joyas. Sus poemas desprenden una luz selvática, como si el sol se hubiera astillado por entre las hojas-palabra. La presencia de Cuba es palpable: en la exuberancia léxica, de corte lezamiano (parafraseando a Severo Sarduy, Kozer es a Lezama lo que Lezama es a Góngora lo que Góngora es a Dios), en la sonoridad y sensualidad de los referentes, en la profusión de cubanismos. Y también en la evocación de la familia del poeta, que le proporciona un copioso arsenal de motivos líricos. Kozer recuerda con frecuencia a su padre, que era judío, inmigrante y sastre –como el de los hermanos Marx–, y a su abuelo y su mundo hebraico: sus textos devienen «conglomerados de expresiones de mi infancia». También Guadalupe goza de una presencia constante en sus poemas, pero nunca idealizada, sino pegada a la realidad, expuesta en sus actos más nimios, más íntimos: «Voy a contabilizar las meadas de Guadalupe.// Cada vez que se siente a orinar en la taza del/ inodoro voy a poner/ una flor verde en el/ búcaro de la sala.// Una media de doce veces, pongamos, que/ orine: un ramillete/ de flores variado». (Como todo buen poeta, Kozer no teme la vulgaridad: la vulgaridad, incluso lo soez, es otro recurso poético, u otro desafío). Guadalupe no es Laura ni Beatriz, pero no representa menos a la amada que ellas. Estos hechos biográficos, cotidianos, se expanden en inacabables bucles verbales: de pequeñas cosas, de lugares insignificantes -moscas, sillas, flores, manzanas-, Kozer compone vastos poemas. En general, las cláusulas de sus versos se acoplan como vagones de un solo tren elocutivo, que avanza sin detenerse, entre bufidos silábicos y rechinar de paréntesis. Los poemas de Kozer nunca se sabe cómo operan ni qué pretenden: atendemos a ellos como a una enramada que crece o a un ciempiés que serpentea entre la grama. Su glosolalia es, en realidad, un grifo verbal, cuya abertura, no obstante, alberga un propósito: el de transformar en lenguaje los procesos interiores de captación e interpretación de la realidad. Como ha observado Reynaldo Jiménez, su «inconfundible sintaxis capta (…) los facetados procesos de transmutación de lo percibido», y las composiciones de Kozer documentan «una maraña de pensamientos intermitentes». Su desafío estriba en darles consistencia sin reducir su culebreo de cosa viva y naciente: «mi solaz son mis poemas (mi verdadero simulacro). Correr estilizado de unas palabras a la deriva (la poesía): las ajusto a medida que brotan», ha escrito Kozer. Hay, pues, un flujo incontrolado, en el que la palabra impone su derrota, y una intervención a posteriori: un acto de fijación tenue, en busca del sentido –de algún sentido–, tras la epifanía del sonido. Ello supone un reblandecimiento, una fluidificación sintáctica: el fraseo pierde toda arista; la articulación del discurso se gelatiniza, martirizada por constantes entrecruzamientos. La mezcolanza anticlimática llega a tal punto que, a veces, la turbamulta sincopada de oraciones impide la comprensión, pero eso no resta plausibilidad lírica a lo dicho. Las palabras burbujean, se multiplican, vinculadas por ecos y crepitaciones, por parentescos subyacentes. Kozer va de una cosa a otra, o, mejor, permite que el lenguaje vaya de una cosa a otra. Con ello no pretende subvertir la lógica, sino desvelarla; tampoco quiere destruir la realidad, sino afianzarla, pero afianzarla en su hacerse: en el proceso poliédrico, desmadejado, con el que la construimos. A esta voluntad realista obedecen algunos de los recursos más llamativos de la poesía de Kozer, como los incisos, con los que entreteje y amplía las líneas perceptivas, las voces poéticas y las narraciones, y, sobre todo, refleja la constante fluctuación del pensamiento, su errática y simultánea aprehensión de estímulos e informaciones diversas. Otras veces, Kozer interrumpe su discurso insertando versos brevísimos en largos bloques versiculares, o construye el poema con frases muy cortas, casi telegráficas, apiladas como los cascotes de una escombrera. También los signos de puntuación intersecan el flujo discursivo: aparecen donde no deben y no están donde deberían. Y en las repeticiones o insistencias, a las que se entrega Kozer con frecuencia, como si fueran variaciones de un mismo tema, hay mucho de obsesivo: una obsesión a la vez edificante y demoledora; una obsesión que alumbra alegatos, que son, en realidad, balbuceos; una obsesión que da cuenta de nuestro frenesí y nuestro caos. Por obra de una de esas obsesiones, en Naïf todos los poemas se titulan "Naïf". Y así empieza uno de ellos:

Me propuse comer una manzana.

Acercar una mano a la manzana colma de
          sombras la
          habitación.

Un frutero la asunción del gusano en la
          pulpa el detonar
          de unas semillas,
          quizás la irrefutable
          redondez de todas
          las cosas: un exceso
          de sombras para la
          mano.

Imposible ingerir la manzana de dentro para
          afuera, no soy gusano,
          no estoy muerto: habrá
          que comérsela en una
          sola dirección; la del
          milano cuando se
          abalanza o la de la
          astilla cuando se
          separa del árbol.

¿Acerco la boca a la manzana o me la llevo a
          la boca con todo
          su color, su peso
          y su forma?
          ¿Fauces si me
          acerco a morderla?
          ¿Enormidad de la
          forma con su peso
          y color si pretendo
          llevármela a la boca?
          Tan solo de pensarlo
          me erizo.

¿Un mordisco? Se me ponen las carnes de gallina...

Eduardo Moga

martes, 24 de junio de 2014

Carta de Rilke a José Kozer



 
Queridos/as lectores/as:

Les dejamos una curiosidad encontrada en la Red, especialmente dedicada a aquellos/as que siguen la obra de nuestro querido José Kozer.  

Publicado en: http://www.cubaliteraria.cu/articulo.php?idarticulo=17295&idseccion=79


Nota del compilador:
Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de sólo diez cartas o si existían más; por las investigaciones que realicé, opino que eran un muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas, quienes las conservaron hasta el día de hoy. Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.

Italia, 1903

Estimado José Kozer, poeta:

Con estas palabras reciba mi afecto y agradecimiento por enviarme su poemario BBBBB160.* Ha llegado en un momento muy importante, pues veo que su obra se adentra en ciertas zonas donde la imagen se articula a través de ella misma. De ahí que el título, que en primera instancia me resultó algo extraño, justifica su entrega, que ya tengo en mi pequeña biblioteca con la necesaria —al menos, para mí— dedicatoria.
   Su poemario es una gran experiencia alrededor del verso. Por eso la figuración de la imagen asume un hard-core a lo intelectivo, fisgoneando ciertas catedrales barrocas para edificar un mundo muy personal, cargado de esencias. Esa aproximación a la imagen me resulta lógica y entendible en la medida que el elemento visual se suma a esa dramaturgia orgiástica para golpear al lector con cada palabra. Incluso infiero que hay una delineada manualidad en su creación, pues me confiesa que escribe en hojas numeradas y que, en ese mismo orden, se consuma la entrega.
   Lo lógico pudiera, racionalmente, llevarnos a lo equívoco, por lo que desde ese mundo intelectivo abre paso a un razonamiento que me parece más espontáneo al sesgo arte de la escritura. De allí que las imágenes se fusionan y, en lo ilógico, aparentemente se especula o rumia una verdad que hace suya como si fuera un misionero.
¿Circula la sangre? Despierto, ¿reincido? Va más lento, no
cabe duda: todo a su tiempo,
en cada instancia la instancia
gobierna el movimiento.
   La sabiduría de estos textos nos recuerda los templos judíos antiguos, en tanto el arte sale de la costumbre de los ancianos y se cuece allí toda la historia anterior, como deleite o reafirmación de la historia misma: “Yo estoy mirando este mundo en rededor con la retina acuosa del / vejete…”. Ríspida es la imagen, y me resulta incluso justificable en la medida que hay una especie de letanía que asevera lo dicho. No hay aquí, en sus poemas, hojarasca ni palabras con otra beldad que la expuesta ante los ojos del lector, quien debe —infiero— asumir este poemario como un lujo para estos tiempos en que la poesía no está en su mejor momento.
   La configuración de lo real a partir de lo irreal, que tanto marcó la obra de José Lezama Lima, aquí se vuelve a ratificar, con una gran experiencia —diría vital— para poemas como “Actividad del azogue” o “Naíf”, textos estos que bien nos hablan de una rara fabulación asumida para ponderar una imagen mucho más real, más de nuestros tiempos.
   Querido Kozer, su poemario BBBBB160 es un gran bosque de imágenes donde los cedros, algarrobos y caobas se nos van imponiendo en el camino, como si fuera un laberinto o un ritual necesario para llegar a un supuesto fin. En esas demarcaciones, usted es todo un genio; quién sabe si un día logra el Premio Nacional de Literatura de su país. Yo apuesto por ello.
   Me parece un lujo esta entrega que acuña una poética tan extraña como intensa. Desde esas colinas le abrazo y le auguro, con ese mismo título de uno de sus extraordinarios poemas, “un día feliz”.

Suyo,



lunes, 16 de junio de 2014

Nuevos puntos de venta en Oviedo y Vallekas

Añadimos dos nuevos puntos de venta donde tendrán todo nuestro catálogo a disposición del público desde ya mismo, en Oviedo y en Madrid, barrio de Vallekas.


LIBRERÍA CERVANTES
C/ Doctor Casal, 9. OVIEDO
Tfno: 985 20 77 61
www.cervantes.com





LIBRERÍA LA ESQUINA DEL ZORRO
C/ Arroyo del Olivar, 34. MADRID
Tfno: 91 833 14 57
www.librerialaesquinadelzorro.com




Ya no hay excusas para no adquirir nuestros libros si verdaderamente lo deseas.


lunes, 2 de junio de 2014

Naïf, recomendación de Encuentros de lecturas para la Feria del Libro de Madrid


José Kozer.
Naïf.
El sastre de Apollinaire. Madrid, 2014.

Entre dos lindes de tinieblas, una al principio y otra al final, los 31 poemas de Naïf, el libro de José Kozer (La Habana, 1940) que acaba de publicar El sastre de Apollinaire, responden a lo que anuncia su título: una actitud ingenua y receptiva ante la realidad, que parece surgir recién creada o renovada de estos poemas que también exigen del lector un ejercicio de renuncia a su percepción discursivo y racional.

Imposible hacer poesía si no se sucumbe a Proteo, escribe Kozer a propósito de sus versos deslumbrados y deslumbrantes, de su poesía revelada que ofrece al lector revelaciones de una realidad que brota de las imágenes y la naturaleza, que evoca la música de Palestrina o Telemann, el cine de Fellini o Cecil B. de Mille, la literatura de Kafka y Juvenal o la pintura de Rousseau el aduanero.

José Kozer ha hablado alguna vez de su poesía como de un mapa de meandros, anacolutos, bifurcaciones, poemas-río, textos que fluyen libres y torrenciales o crecen como la vegetación exuberante del trópico. Y ha llamado junglas a estos textos en los que el lenguaje se adueña del poema. Junglas de senderos claros que son una metáfora de una poesía densa y difícil, de unas composiciones desbordantes en las que las palabras caen como la lluvia para hacer crecer esa selva poética.

SANTOS DOMÍNGUEZ RAMOS
Revista Encuentros de lecturas
Especial Feria del Libro de Madrid. Poesía.